La Ciudad de los Perdidos

LA TORRE DEL RELOJ => Relatos y Arte => Topic started by: Shandalar on June 27, 2026, 20:37:57 PM

Title: Arrodillarse
Post by: Shandalar on June 27, 2026, 20:37:57 PM
El balcón de la antaño majestuosa mansión se derrumbó tras la explosión del cohete demoníaco. La piedra, ennegrecida por el impacto del cometa, cedió como si fuera barro. El Atronador que estaba apostado en él había saltado un instante antes del impacto, pero de poco le sirvió: una montaña de escombros lo sepultó, sumándose al resto de ruinas de la Ciudad Maldita.

La lucha había estallado cuando la banda de Enanos se topó con una avanzadilla de hobgoblins, los siervos miserables de sus primos corruptos. Las criaturas habían surgido de entre las ruinas de imprevisto, disparando sus armas envenenadas y chillando órdenes en una lengua que apestaba a servidumbre. Pillaron a los Enanos por sorpresa, pero no eran rival para los veteranos guerreros, que pronto despacharon a muchos de ellos, hasta que llegaron sus amos. Entonces fue cuando la lucha empezó de verdad.

Glomin avanzó entre los restos del combate con el hacha aún goteando sangre negra. El aire olía a pólvora, a piedra quemada y a algo peor: a magia torcida. Un pensamiento cruzó fugaz por su cabeza:  la corrupción siempre empieza con un juramento roto.

A su alrededor, los Enanos recuperaban posiciones, maldiciendo entre dientes mientras apartaban cadáveres de hobgoblins y se ponían a cubierto de los disparos de munición infernal.

Glomin llevaba un rato defendiendo la misma posición. Ante su hacha habían caído hobgoblins y varios de sus parientes corruptos. La lucha se había extendido por toda la calle y el aire se había llenado de maldiciones, armas chocando y balas volando. Un antaño floreciente jardín se había convertido en un negro cementerio en el que por el suelo se arrastraban ramas llenas de espinas y montones de huesos entre ellas.

Mordrek Ojodefuego avanzó con su guardaespaldas personal a lo largo de la calle. Le habían informado de que la resistencia era más fuerte allí y había ido personalmente a acabar con ella. En la mansión había un gran depósito de piedra bruja y no podía permitirse ninguna intromisión. Con tal cantidad de piedra mágica, sus investigaciones avanzarían décadas. Un asiento le esperaba en el consejo de Zharr-Naggrund, y no iba a dejar que nada se interpusiera. Y menos sus patéticos primos del Oeste.

La refriega seguía mientras Mordrek se dirigía hacia el callejón. Al llegar, vio un Enano embutido en una armadura completa con un hacha que chorreaba sangre. A su alrededor había varios cadáveres, tanto de hobgoblins como de Enanos del Caos.

El Noble Enano vio la llegada del Herrero Demoníaco e inmediatamente supo que no era un guerrero más, con su alto casco, su intrincada armadura y el aire de mando que le rodeaba. Sin dudar, se dirigió a él: -"Así que tú eres el líder de estos umbaraki, ¿no?"- El noble Enano escupió en el suelo, dando en el cadáver de un Enano del Caos con el que había acabado.

El Herrero Demoníaco contempló los cuerpos de hobgoblins y Enanos del Caos a los pies del guerrero, y de su boca salió un siseo de furia.
"¿Cayeron ante esta escoria?" - Las palabras iban dirigidas al enorme Centauro‑Toro, sin dignarse a mirar al Enano que tenía enfrente.

"¡Mírame, rompejuramentos!" —bramó el noble—. "¡Te enfrentas a Glomin, hijo de Gloin, hijo de Gomli!"

"No te dirijas a mí, gusano" —escupió Mordrek—. "Aparta tus ojos, la escoria no tiene derecho a alzar la mirada ante un sacerdote del Padre de la Oscuridad. En cambio, contempla el precio de la cobardía de tus ancestros. Queríais que cayéramos. En cambio, renacimos."

"Hablas Khazalid antiguo, pero tu corrupción es evidente, degenerado." Glomin soltó una carcajada que se cortó de golpe al transformarse en odio.
"Nadie quería vuestra perdición. ¿Por qué la querríamos? Es absurdo. Tomasteis una decisión. Valorasteis los costes y os negasteis a aceptar vuestro fin como verdaderos guerreros. El monstruo que mueve vuestros hilos siempre ha acechado a los nuestros. No sobrevivisteis a nada: solo os arrodillasteis ante una abominación."

El gigantesco Centauro‑Toro empezó a respirar con furia contenida, apretando el enorme hacha con fuerza creciente. "Permitidme aplastarlo, excelencia" —gruñó el mutante.

El Herrero Demoníaco alzó una mano para detenerlo. -"No nos arrodillamos ante nadie, niño. El Padre de la Oscuridad nos eligió, pero a vosotros no. Esa es vuestra tragedia y el motivo de vuestra vergüenza eterna. Todo lo que construisteis cayó a manos de razas inferiores, una humillación imposible de borrar que arrastramos todos los Enanos. Vuestros dioses ancestrales son patéticos y débiles, y os abandonaron. Pero Hashut no lo es."-

Mordrek inclinó la cabeza con una sonrisa torcida, enseñando sus largos colmillos. -"Voy a darte lo que pides. Me enfrentaré a ti. Elige tu arma."-

El Noble Enano escupió sus palabras como si fueran hierro al rojo. -"La única vergüenza de los Enanos sois vosotros y vuestra existencia corrupta y depravada, postrándoos ante una aberración. Elijo el hacha de mis ancestros, forjada en las mejores fraguas por los mejores Herreros Rúnicos de Karaz‑a‑Karak."-

"Lo previsible" —respondió Mordrek con condescendencia—. "Yo elijo el fuego, el don sagrado que me otorgó Hashut."

Glomin alzó el hacha rúnica de su familia y cargó contra el hechicero infernal con un juramento en los labios. Mordrek entonó palabras de poder, y el guantelete con cuchillas que cubría su mano izquierda se iluminó con un brillo enfermizo. El aire vibró, pesado y eléctrico, cuando la energía mágica se concentró en él. Una descarga de roca fundida salió disparada hacia el noble Enano a una velocidad demencial, iluminando el oscuro callejón.

La lava perforó metal, carne y hueso como si fueran cera. La carga de Glomin se detuvo en seco; sus piernas temblaron, negándose a ceder incluso cuando la vida se escapaba de él a borbotones. Se resistió todo lo que era posible, pero finalmente cayó de rodillas, con el olor a carne y metal quemados inundando el ambiente.

"Dime, pariente..." —escupió Mordrek—. "¿Quién se arrodilla? ¿Quién es el que se está arrodillando ahora? Sois pusilánimes y miserables, y pronto vuestro patético reino subterráneo temblará ante los estandartes de los hijos de Hashut, el único dios ancestro verdadero."

El cuerpo de Glomin terminó de desplomarse bajo la mirada de odio infinito del Herrero Demoníaco, mientras de fondo seguían oyéndose choques de acero y el silbido de la munición demoníaca volando entre las ruinas de la Ciudad Maldita.